Cómo prevenir un segundo ictus

Manos de una persona mayor organizando pastillas en un pastillero semanal

Haber sufrido un ictus es el mayor factor de riesgo para sufrir otro. Alrededor de una de cada cuatro personas que han tenido un ictus tendrá un segundo, y el riesgo es especialmente alto en el primer año. Los segundos ictus suelen ser más graves que los primeros y dejan más secuelas. Pero hay una buena noticia: es también el riesgo sobre el que más se puede actuar. Prevenir un segundo ictus es posible, y depende en gran medida de cosas que están en manos de la persona y de su familia.

Por qué el riesgo es tan alto

El primer ictus no ocurrió por casualidad: detrás había una o varias causas (hipertensión, arritmia, arterias estrechadas, diabetes, colesterol) que siguen ahí si no se tratan. El ictus ha sido, en cierto modo, el aviso de que ese problema de fondo existe. Tratarlo bien es lo que reduce el riesgo de que se repita.

Primero: saber por qué ocurrió el primero

La prevención secundaria empieza con un buen estudio de la causa. Tras un ictus, el equipo médico investiga qué lo provocó: ecografía de las arterias del cuello, monitorización cardíaca para buscar arritmias, análisis, a veces ecocardiograma o pruebas de imagen adicionales. Conocer la causa permite elegir el tratamiento adecuado, que no es el mismo si el origen fue una arritmia, una arteria carótida estrechada o la hipertensión de años. Pregunta al neurólogo cuál fue la causa de tu ictus y qué tratamiento concreto la aborda.

La medicación: la base de la prevención

Manos organizando pastillas sobre una mesa
  • Antiagregantes (como la aspirina a dosis bajas o el clopidogrel). Impiden que las plaquetas se agrupen formando coágulos. Se usan en la mayoría de ictus isquémicos no debidos a arritmia.
  • Anticoagulantes. Se usan cuando el ictus se debe a una fibrilación auricular u otra causa cardíaca. Reducen el riesgo de un nuevo ictus en más de un 60%. Requieren constancia absoluta y, en algunos casos, controles periódicos.
  • Antihipertensivos. Controlar la tensión es la medida que más reduce el riesgo de repetición, tanto en ictus isquémicos como hemorrágicos. El objetivo habitual es mantenerla por debajo de 130/80, aunque cada caso lo decide el médico.
  • Estatinas. Bajan el colesterol y estabilizan las placas de las arterias. Se indican en la mayoría de ictus isquémicos, incluso con colesterol no muy alto.
  • Tratamiento de la diabetes, si existe.

Lo más importante sobre la medicación: no abandonarla nunca por cuenta propia. Es muy frecuente que, pasados unos meses y sintiéndose bien, la persona deje de tomarla o la tome de forma irregular. Es precisamente entonces cuando el riesgo vuelve a subir. Si hay efectos secundarios o dudas, hay que hablar con el médico para ajustar, no dejarla.

Cuando hace falta una intervención

Si el estudio muestra que una arteria carótida (en el cuello) está muy estrechada, puede indicarse una intervención para desobstruirla (endarterectomía o colocación de un stent). En algunos casos de fibrilación auricular en que no se puede anticoagular, existen alternativas como el cierre de la orejuela izquierda. Estas decisiones las toma el equipo médico según cada caso.

Los hábitos: tan importantes como la medicación

  • Dejar de fumar por completo. Es la medida de estilo de vida con mayor impacto. Existen tratamientos y programas que ayudan; pide apoyo.
  • Controlar la tensión también en casa. Un tensiómetro doméstico permite detectar subidas y ajustar el tratamiento. Anota las cifras para la consulta.
  • Alimentación tipo mediterránea: verduras, frutas, legumbres, pescado, aceite de oliva, frutos secos; poca sal, pocas grasas saturadas, pocos ultraprocesados.
  • Actividad física regular adaptada a la situación. Tras un ictus, el ejercicio forma parte del tratamiento: mejora la tensión, el azúcar, el colesterol, el ánimo y la propia recuperación. El equipo de rehabilitación indicará qué es seguro.
  • Peso saludable, especialmente reduciendo la grasa abdominal.
  • Alcohol: cuanto menos, mejor.
  • Sueño: si hay ronquidos, pausas respiratorias o somnolencia diurna, consultar por posible apnea del sueño, que aumenta el riesgo de recurrencia.
  • Estado de ánimo: la depresión tras un ictus es frecuente y empeora la adherencia al tratamiento y los hábitos. Tratarla protege también contra el segundo ictus.

Revisiones y seguimiento

Acude a las revisiones con neurología, cardiología (si procede) y atención primaria. Lleva una lista de la medicación y las cifras de tensión. Pregunta si los objetivos (tensión, colesterol, glucosa) se están cumpliendo. El seguimiento no es una formalidad: es donde se detectan y corrigen los desvíos antes de que se conviertan en un problema.

Reconocer las señales

Tanto la persona como la familia deben conocer los síntomas de un ictus y el método FAST. Si aparecen, aunque sea de forma leve o pasajera, hay que llamar a emergencias de inmediato: un segundo episodio tratado a tiempo tiene muchas más posibilidades de resolverse sin secuelas. Puedes ver el conjunto de medidas en prevención del ictus, y cómo influye todo esto en el pronóstico a largo plazo en esperanza de vida después de un ictus.

Cómo no fallar la medicación: trucos que funcionan

  • Pastillero semanal con compartimentos por día y momento (mañana/noche), rellenado siempre el mismo día de la semana.
  • Asociar la toma a un hábito fijo (el desayuno, el cepillado de dientes) en lugar de a una hora.
  • Alarmas en el móvil o en un reloj, o aplicaciones de recordatorio de medicación que avisan también a un familiar si no se confirma la toma.
  • Una sola lista actualizada de toda la medicación (nombre, dosis, para qué es) que la persona lleve siempre encima y que se revise en cada visita médica.
  • Pedir al farmacéutico sistemas personalizados de dosificación (blísteres preparados por semana), disponibles en muchas farmacias.
  • No decidir solo: si un medicamento sienta mal, hay que consultar para cambiarlo, nunca dejarlo sin más.

Anticoagulantes: qué hay que saber

Si la causa del ictus fue una fibrilación auricular, lo habitual es salir del hospital con un anticoagulante. Los más usados hoy son los llamados anticoagulantes de acción directa, que no requieren controles periódicos de sangre como el clásico Sintrom, aunque sí una toma estricta a la misma hora. Con cualquier anticoagulante hay que avisar siempre antes de una extracción dental, una cirugía o una prueba invasiva; evitar los antiinflamatorios comunes salvo indicación médica, porque aumentan el riesgo de sangrado; consultar ante hematomas grandes sin causa, sangre en orina o heces, o sangrados de nariz que no paran; y llevar un documento o tarjeta que indique que se toma anticoagulación. El riesgo de sangrado existe, pero en las personas en las que está indicado es mucho menor que el riesgo de un nuevo ictus sin él.

Cuánto se reduce el riesgo si se hace todo bien

La prevención secundaria es una de las áreas de la medicina con resultados más contundentes. Los estudios muestran que el control estricto de la tensión arterial reduce el riesgo de un nuevo ictus en torno a un 30%; las estatinas, alrededor de un 20% adicional; los antiagregantes, otro 20%; la anticoagulación en fibrilación auricular, más de un 60%; y dejar de fumar, alrededor de un 50% a los pocos años. Como estos efectos se combinan, una persona que toma correctamente su medicación, controla la tensión y mejora sus hábitos puede reducir su riesgo de recurrencia a una fracción del que tendría sin hacer nada. Pocas decisiones en la vida tienen tanto impacto con tan poco esfuerzo relativo.

Este artículo tiene fines informativos y no sustituye el diagnóstico ni las indicaciones de un profesional sanitario. Ante cualquier duda sobre tu situación o la de un familiar, consulta siempre con tu equipo médico.

Fuentes consultadas

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